IPS: «Pagar para vivir»

Por: Marlene Martinez

Hablar del Instituto de Previsión Social (IPS) es hablar de una realidad que muchas familias paraguayas conocen demasiado bien. Es llegar con la esperanza de encontrar atención y medicamentos y terminar enfrentándose a la falta de insumos, largas esperas y una lista de cosas que el propio familiar debe conseguir por su cuenta. Y cuando uno está atravesando una enfermedad, lo último que debería tener que hacer es preguntarse de dónde va a sacar dinero para comprar un medicamento que el hospital debería tener.

Lo más preocupante es que la falta de medicamentos ya parece haberse convertido en algo cotidiano. Pero existe una situación todavía más difícil de entender: medicamentos que deberían ser de uso exclusivo del Ministerio de Salud terminan siendo comercializados, y muchas veces las familias se ven obligadas a recurrir a esas opciones porque consiguen precios más bajos que en una farmacia externa. Es una contradicción dolorosa: uno sabe que no debería tener que comprar algo que debería estar disponible dentro del sistema de salud, pero cuando se tiene a un familiar enfermo, la necesidad muchas veces obliga a entrar en esa misma rueda que uno cuestiona.

Y esto no termina solamente en los medicamentos. El anuncio de la falta de lotes de alimentos de fórmula para pacientes de terapia intensiva volvió a mostrar hasta qué punto puede llegar el caos. Estamos hablando de personas que se encuentran en una situación extremadamente delicada y que necesitan cuidados especiales para seguir luchando por su vida. Sin embargo, una vez más, son los familiares quienes deben salir a buscar lo que falta, comprar lo que puedan y tratar de conseguir dinero de donde sea.

Pero no todas las familias tienen las mismas posibilidades. Hay personas que llegan al IPS con lo justo para el pasaje, para comer o para sobrevivir el día. ¿Qué pasa con ellas cuando les entregan una lista de medicamentos, insumos o alimentos que deben comprar? ¿Qué pasa cuando el sueldo ya no alcanza? No se puede hablar de salud sin hablar también de la realidad económica de las familias. Porque para quien tiene dinero, comprar un medicamento puede ser un problema. Para quien no lo tiene, puede significar la diferencia entre continuar un tratamiento o abandonarlo.

También genera impotencia ver las condiciones en las que muchas veces se encuentran las áreas hospitalarias. La falta de insumos básicos, incluso para mantener adecuadamente la limpieza de sectores donde se encuentran pacientes vulnerables, no debería ser algo normal. Las infecciones hospitalarias pueden complicar todavía más el estado de una persona que ya está luchando contra una enfermedad. Y cuando hablamos de pacientes internados en terapia intensiva, una complicación puede tener consecuencias muy graves.

Mientras tanto, los reclamos de médicos y enfermeros por mejores salarios y condiciones laborales siguen siendo parte de esta realidad. Son ellos quienes están todos los días al lado de los pacientes, muchas veces trabajando bajo presión y con recursos insuficientes. Y resulta difícil no preguntarse cómo puede existir tanta diferencia entre quienes están en primera línea atendiendo a los enfermos y quienes toman decisiones sobre presupuestos, compras e insumos. Si quienes administran los recursos reciben grandes remuneraciones, lo mínimo que debería exigirse es que exista responsabilidad y resultados.

Y mientras todo esto sucede, muchas veces sentimos que nuestras autoridades viven una realidad completamente diferente. Se escuchan discursos que hablan de un país que está mejor, de avances y de crecimiento, pero basta con entrar a un hospital público para encontrarse con otra realidad. Resulta indignante ver autoridades más preocupadas por eventos, intereses políticos o cuestiones que poco tienen que ver con las necesidades urgentes de la gente. La salud no puede esperar a que termine un evento, una campaña o una disputa política.

Y también está el poder político que atraviesa nuestro país. La figura de ese ser oscuro que representa, para muchos paraguayos, una muestra de cómo el poder puede continuar teniendo una enorme influencia incluso después de dejar la Presidencia. Desde mi punto de vista, preocupa vivir en un país donde muchas personas sienten que existen poderes detrás de los cargos oficiales y que quienes gobiernan no siempre tienen la última palabra. Más preocupante todavía es esa sensación de que quien habla demasiado, denuncia o conoce información incómoda puede terminar siendo silenciado de alguna manera. Una democracia necesita ciudadanos que puedan hablar, preguntar y denunciar sin miedo.

Al final, el problema del IPS no es solamente la falta de un medicamento o de un insumo. El verdadero problema es que detrás de cada medicamento que falta hay una familia desesperada, detrás de cada paciente hay una historia y detrás de cada pedido hay alguien que está luchando por la vida de una persona que ama. La salud no debería depender del bolsillo, de los contactos ni de tener que encontrar a alguien que consiga un medicamento más barato. Mientras quienes tienen poder continúen hablando de un país mejor desde sus oficinas, miles de familias seguirán preguntándose cómo conseguir lo básico para mantener con vida a sus seres queridos. Y mientras la salud siga siendo un privilegio para algunos y una lucha para otros, no podemos decir que estamos mejor. Porque un país no se mide por sus discursos ni por sus eventos: se mide por cómo trata a su gente cuando más vulnerable está.

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