
Por: Marlene Martínez
Hay palabras que uno escucha muchas veces en la vida, pero que después de perder a alguien adquieren un significado completamente diferente. Hoy, cuando vuelvo a escuchar la voz de mi mamá, entiendo que aquel audio que me envió por mi cumpleaños no era solamente un saludo. Era uno de los últimos regalos que me dejó. En ese momento no sabía que sería la última vez que escucharía su voz hablándome con ese amor que solamente una madre puede tener.
“Te quiero, mi hija. Te amo, Marlene. No dudes nunca de eso”. Esas palabras quedaron guardadas en mi corazón. Porque mi mamá siempre quiso que yo supiera cuánto me amaba. Ella fue la mujer que me llevó nueve meses en su vientre, la que me dio la vida y la que, desde que llegué al mundo, hizo todo lo que pudo para cuidarme, protegerme y enseñarme a ser una buena persona.
Pero ser mamá también fue enseñarme que en la vida no todo estaba permitido. Me aconsejó, me corrigió, me llamó la atención cuando me equivoqué y muchas veces tuvo que castigarme para enseñarme que cada acción tiene sus consecuencias. Hoy entiendo que detrás de cada corrección había amor. Ella no quería simplemente que yo creciera; quería que creciera siendo una mujer de bien.
Mi mamá también me enseñó que las cosas que realmente queremos no llegan fácilmente. En su último mensaje me dijo algo que hoy tiene un valor inmenso: “Cuando se quiere, se llega”. Me habló de lucha, sacrificio y perseverancia. Me pidió que no me detuviera, que siguiera adelante y que entendiera que todo se puede. Y qué ironía tan grande tiene la vida: mientras ella luchaba contra una enfermedad que poco a poco le quitaba sus fuerzas, todavía encontraba fuerzas para enseñarme a mí a luchar.
Durante su enfermedad la vi convertirse, una vez más, en mi maestra. La ELA puso su cuerpo a prueba, pero no pudo borrar la mujer que era. Ella luchó contra todo pronóstico. Luchó por respirar, por estar con nosotros, por regalarnos momentos, por seguir adelante. Y hasta el último momento me enseñó lo que significa ser una guerrera.
Ahora que ya no puedo abrazarla, tengo su voz. Tengo sus consejos. Tengo sus “te quiero”. Tengo su orgullo cuando me decía que estaba feliz por mis esfuerzos y por mis triunfos. Tengo sus palabras diciéndome que algún día voy a llegar alto, pero que para hacerlo debo seguir luchando, sacrificándome y siendo perseverante. Y tengo algo todavía más importante: tengo toda una vida de enseñanzas que nadie puede quitarme.
Mamá, quizás nunca imaginaste que aquel mensaje de cumpleaños se convertiría en uno de los recuerdos más importantes de mi vida. Yo tampoco imaginé que un simple “feliz cumpleaños, mi hija” terminaría significando tanto. Hoy daría cualquier cosa por volver a escuchar tu voz diciéndome esas palabras una vez más. Pero sé que mientras yo viva, una parte de vos seguirá hablando a través de mí.
Porque vos no solamente me diste la vida, mamá. Me enseñaste a vivirla. Me enseñaste a ser buena persona, a luchar por mis sueños, a levantarme cuando las cosas se ponen difíciles y a no detenerme. Y aunque hoy mi corazón esté roto porque ya no estás físicamente conmigo, voy a seguir adelante. Voy a luchar, voy a perseverar y voy a llegar alto, como me dijiste. Y cada vez que lo haga, sé que una parte de ese triunfo también será tuya. Porque detrás de la mujer que soy y de la mujer que algún día llegaré a ser, siempre estará la mujer maravillosa que me enseñó a ser una guerrera: Mi Mamá